Lucy Poblador. Voluntaria en los inicios del Ropero de Cáritas.
A mediados de los años 80, una religiosa de las
Hijas de la Caridad que vivía en el barrio de san Miguel, me propuso que la
ayudara a repartir ropa a las personas que lo necesitaban.
El ropero de Cáritas estaba
instalado en una habitación minúscula en la sede de Cáritas Interparroquial, en
la calle Fernán Pérez del Bote.
Pasados unos meses la hermana
tuvo que dejarlo y yo me quedé al cargo del ropero. Llegada la Navidad la gente
entregaba juguetes usados. Recuerdo que, un día, aparecieron en unas bolsas dos
muñecos muy bonitos, pero sin vestir, se las llevé a mi madre que ella cosía
muy bien y les hizo un vestido. Fue entonces cuando mi madre comenzó a formar
parte, junto a mí, del Ropero de Cáritas.
Repartíamos ropa, juguetes y
otros artículos todos los martes por la tarde de 4 a 6. Pasado el tiempo el ropero se nos quedó
pequeño. Nos ofrecieron otro lugar en la casa de Acción Católica, donde
actualmente está la acogida del Proyecto Hombre. Estaba ruinoso, pero Marcelo
Alonso, que en aquellos momentos era el Director de Cáritas Interparroquial,
nos adecentó tres habitaciones para la ropa de invierno, verano y almacenaje de
todo tipo de utensilios además de ropa: de cocina, carritos de bebés,
instrumentos musicales….
Las personas que acudían al
ropero eran desde familias con muchos niños y pocos recursos (a los cuales
íbamos viendo crecer…) personas alcohólicas y toxicómanos, sin techo…
Una tarde llegó un joven con
una herida en la cabeza. Se había caído porque estaba ebrio… a partir de ese
día llevé al ropero un pequeño botiquín, barreños y toallas para que se
asearan.
A lo largo de estos años he vivido junto a las familias, algunos
nacimientos, pues las familias crecían… y también algunos fallecimientos de
personas jóvenes. Uno de ellos cuando venía a por ropa y calzado me decía: Lucy
muy pronto voy a dejar de molestarte, porque no le gustaba alguna ropa que le
ofrecíamos (decía que era pobre pero moderno)… No tardando mucho, nos enteramos
de su muerte.
Transcurrieron algunos años
hasta que el grupo de voluntarios del ropero aumentó. Surgieron algunas
personas de la Parroquia de San Nicolás y San Miguel. Abrían el ropero por las
mañanas y mi madre y yo, los martes por la tarde.
Al aumentar el grupo, por las
fechas de Navidad, teníamos una pequeña convivencia. Orábamos juntos y
celebrábamos nuestro voluntariado.
Nuevamente hubo cambio en el
ropero. Esta vez nos instalamos en los bajaos del Obispado. Aquél lugar era muy
acogedor y con más espacio para todo lo que nos llegaba y también un pequeño
servicio.
Fuimos adelante cumpliendo
nuestra misión, aparentemente insignificante, pero que era y es importante para
las personas que demandaban la necesidad de ropa y para nosotras que no solo
repartíamos ropa sino que, en ocasiones, se creaban lazos de amistad y vivíamos
con gozo el servicio que prestábamos.
Continué un tiempo más como
encargada del ropero, pero al trasladarse el lugar de mi trabajo a la periferia
y por incompatibilidad de horarios tuve que dejarlo.
Confieso que he recibido más
de los que yo he dado. Ha sido un aporte muy importante en mi vida y un gozo
todos estos años.
También agradezco muchísimo
la fidelidad de mi madre en el ropero todos estos años.


