miércoles, 18 de diciembre de 2019


Lucy Poblador. Voluntaria en los inicios del Ropero de Cáritas.

A mediados de los años 80, una religiosa de las Hijas de la Caridad que vivía en el barrio de san Miguel, me propuso que la ayudara a repartir ropa a las personas que lo necesitaban.
         El ropero de Cáritas estaba instalado en una habitación minúscula en la sede de Cáritas Interparroquial, en la calle Fernán Pérez del Bote.
         Pasados unos meses la hermana tuvo que dejarlo y yo me quedé al cargo del ropero. Llegada la Navidad la gente entregaba juguetes usados. Recuerdo que, un día, aparecieron en unas bolsas dos muñecos muy bonitos, pero sin vestir, se las llevé a mi madre que ella cosía muy bien y les hizo un vestido. Fue entonces cuando mi madre comenzó a formar parte, junto a mí, del Ropero de Cáritas.
         Repartíamos ropa, juguetes y otros artículos todos los martes por la tarde de 4  a 6. Pasado el tiempo el ropero se nos quedó pequeño. Nos ofrecieron otro lugar en la casa de Acción Católica, donde actualmente está la acogida del Proyecto Hombre. Estaba ruinoso, pero Marcelo Alonso, que en aquellos momentos era el Director de Cáritas Interparroquial, nos adecentó tres habitaciones para la ropa de invierno, verano y almacenaje de todo tipo de utensilios además de ropa: de cocina, carritos de bebés, instrumentos musicales….
         Las personas que acudían al ropero eran desde familias con muchos niños y pocos recursos (a los cuales íbamos viendo crecer…) personas alcohólicas y toxicómanos, sin techo…
         Una tarde llegó un joven con una herida en la cabeza. Se había caído porque estaba ebrio… a partir de ese día llevé al ropero un pequeño botiquín, barreños y toallas para que se asearan.
         A lo largo de estos años  he vivido junto a las familias, algunos nacimientos, pues las familias crecían… y también algunos fallecimientos de personas jóvenes. Uno de ellos cuando venía a por ropa y calzado me decía: Lucy muy pronto voy a dejar de molestarte, porque no le gustaba alguna ropa que le ofrecíamos (decía que era pobre pero moderno)… No tardando mucho, nos enteramos de su muerte.
         Transcurrieron algunos años hasta que el grupo de voluntarios del ropero aumentó. Surgieron algunas personas de la Parroquia de San Nicolás y San Miguel. Abrían el ropero por las mañanas y mi madre y yo, los martes por la tarde.
         Al aumentar el grupo, por las fechas de Navidad, teníamos una pequeña convivencia. Orábamos juntos y celebrábamos nuestro voluntariado.
         Nuevamente hubo cambio en el ropero. Esta vez nos instalamos en los bajaos del Obispado. Aquél lugar era muy acogedor y con más espacio para todo lo que nos llegaba y también un pequeño servicio.
         Fuimos adelante cumpliendo nuestra misión, aparentemente insignificante, pero que era y es importante para las personas que demandaban la necesidad de ropa y para nosotras que no solo repartíamos ropa sino que, en ocasiones, se creaban lazos de amistad y vivíamos con gozo el servicio que prestábamos.
         Continué un tiempo más como encargada del ropero, pero al trasladarse el lugar de mi trabajo a la periferia y por incompatibilidad de horarios tuve que dejarlo.
         Confieso que he recibido más de los que yo he dado. Ha sido un aporte muy importante en mi vida y un gozo todos estos años.
         También agradezco muchísimo la fidelidad de mi madre en el ropero todos estos años.
                        
Lucy Poblador